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El Peligro de la Democracia

«Defender los derechos contra las usurpaciones del gobierno salva las libertades comunes del país». Alex de Tocqueville

Desde hace más de 2000 años, el concepto democracia ha sido emparentado con “el gobierno del pueblo”. Es por esto que en momentos donde las demandas civiles hacen relación con mecanismos más participativos en la toma de decisiones, y las respuestas de algunos de nuestros gobernantes van en la dirección opuesta, aplicando o promoviendo políticas que restringen las libertades individuales o colectivas, resulta necesario preguntarnos ¿Qué entendemos por democracia?

Parafraseando al filósofo francés Jacques Ranciére, “… (se) había permitido identificar la democracia con un cierto tipo de forma gubernamental, que recubría de hecho un sistema oligárquico cada vez más alejado del poder del pueblo, que le daba su legitimidad última”.

¿Cuántas veces en nuestro quehacer diario dejamos que otros tomen decisiones por nosotros al considerarlos mejor preparados? ¿Cuántas veces confiamos en la opinión del experto de turno y dejamos de lado nuestra experiencia o intuición? ¿Cuántas veces hemos dejado que sean solamente los políticos quienes decidan qué es lo “mejor” para una sociedad completa?

Profundizando en las palabras de Alex de Tocqueville, es deber del pueblo defender las libertades de cada uno de sus miembros ante algún brote autoritario o mesiánico por parte de la clase dirigente. No basta con participar en los procesos eleccionarios de cada país para sentirse un ciudadano. Se requiere una participación activa. Esta participación activa es lo que hace tan peligrosa a la democracia. Ser un ciudadano activo implica estar informado, tomar partido e incluso manifestarse públicamente cuando la soberanía o voluntad popular ha sido menoscabada o puesta en riesgo por decisiones tomadas a espaldas de la ciudadanía.

La democracia es peligrosa porque empodera e iguala. Al mismo tiempo, echa por tierra la idea planteada por Platón en su “Carta VII”, donde defiende que la toma de decisiones no debe reservarse a la mayoría, sino a los más competentes en el conocimiento de la justicia y el bien. La democracia era un peligro para los estados absolutistas de la Edad Media en Europa porque cuestionaba el centro del poder del rey, ese que venía directamente de dios ergo infalible, no por nada, Luis XIV de Francia, conocido como “El Rey Sol”, osó decir El estado soy yo.

La democracia es una permanente amenaza para quienes buscan concentrar el poder político, económico y militar porque somos los habitantes de una nación quienes legitimamos la existencia de los diversos poderes del estado, leyes, organizaciones económicas y cuerpos militares quienes tienen el monopolio de la fuerza gracias al mandato popular que han recibido. ¿Se imagina un día al Primer Mandatario de su país evadiendo el pago de sus impuestos y usted siendo enjuiciado por una falta similar? Sin dudas esas acciones ponen en riesgo la democracia porque un principio fundamental es la igualdad ante la ley. Que el Princeps o Primer Ciudadano sea incapaz de reconocerse igual ante la ley, es un ataque directo a la democracia que sin dudas debemos defender y condenar.

La democracia es peligrosa porque genera temor. Genera temor entre quienes desconfían de aquellos que supuestamente tienen menos educación, un sistema moral corroído o preferencias por una u otra alternativa de organización.  Ya ante la implementación del sufragio universal,  que en términos muy simples indica que hombres y mujeres pueden elegir sus representantes llama la atención el pensamiento del escritor francés Gustave Flaubert, quien a pesar de ser considerado uno de los mejores novelista de la tradición occidental, nos deja lo siguiente:” y el sufragio universal, tal como existe ahora, es todavía más estúpido que el derecho divino. ¡Las cosas que veréis, si ese sufragio permanece! La masa, el número, siempre es idiota.”

Ahora bien, la salud de una democracia está directamente relacionada con la desigualdad presente en cada sociedad. El coeficiente de Gini, herramienta muy utilizada por economistas para sostener que el crecimiento económico es la única alternativa para lograr el desarrollo de las sociedades, nos sirve para medir la brecha de distribución del ingreso. Mientras Uruguay, considerado por muchos especialistas el país más estable de América Latina,  el año 2015 anotaba un coeficiente Gini de 41.70, Brasil anotaba un preocupante 51.30. La relación entre ambas variables es evidente mientras en Uruguay, las elecciones y procesos democráticos se desarrollaban con cierta fluidez, en Brasil, el partido de gobierno terminó con una presidenta destituida y el alzamiento del populismo que llego a la presidencia el año 2019 con Jair Bolsonaro.

Democracia y desigualdad son fenómenos inversamente proporcionales. Una importante corriente doctrinaria sostiene que este conjunto de conductas participativas es positivo para la representación y legitimidad de la democracia. De esta forma, las instituciones pueden ser estratégicamente modificadas para aumentar la participación e inclusión política de los ciudadanos (Corvalan 2019, Pateman1970; Dahl 1971, Lijphart (1997). Sin embargo, es válido preguntarse  ¿Qué tan activa puede ser la participación de un ciudadano que trabaja 45 o más horas semanales –sin contar los tiempos de traslado- por un salario que escasamente es suficiente para vivir? ¿Qué espacio ocupa la democracia o política en sociedades donde los derechos mínimos no están garantizados? ¿En qué lugar pone un ciudadano la democracia cuando no puede acceder a salud, educación o transporte de calidad?

Indudablemente hablar de democracia nos saca de nuestra zona de confort porque expone nuestros miedos y dudas en los demás. Nos hace desconfiar del criterio de la persona que está sentada junto a nosotros. Nos hace esencialmente iguales y en un modelo individualista y poco solidario, la igualdad es sospechosa y sufre el descredito de aquel que cree que todo lo que ha alcanzado es mérito propio y no el resultado del desarrollo en conjunto de nuestras sociedades.

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