El punto de partida para crear una empresa

Cualquier actividad empresarial, como todo en esta vida, tiene un principio y aunque puede resultar ingenuo el pensar que una empresa es exclusivamente la materialización de la idea de un empresario, pues su complejidad desborda las capacidades de cualquier persona, sí es históricamente cierto que todas las empresas tuvieron su primer origen en la mente de unas personas cuyo objetivo era convertir una idea en un producto o servicio que la gente adquiriera, esperando obtener beneficios y arriesgando, si era preciso, su propio capital para conseguirlo. Por lo tanto, en el origen de toda actividad empresarial existen dos elementos básicos que resultan imprescindibles: una persona (emprendedor) y una idea básica. El desarrollo posterior de este binomio determinará la positiva o negativa evolución en el tiempo de la actividad empresarial que su confluencia genere.

Efectuando un análisis inicial de los dos elementos básicos citados podríamos preguntarnos: ¿Cualquier persona tiene capacidad para desarrollar una actividad empresarial? ¿Cómo surge una idea con base suficiente para ser el origen de una célula empresarial?

En primer lugar, basándonos en datos reales, y aunque existan numerosas teorías sobre las cualidades que debe reunir un empresario, puede confirmarse la existencia histórica y actual de innumerables casos de personas que sin ninguna formación (salvo la autodidáctica derivada de las vivencias particulares), sin conocer incluso la lectura y la escritura en casos extremos, han tenido éxito en sus actividades empresariales. Quizás supieron descubrir los factores clave de éstas y actuar correctamente sobre ellos, quizás aplicaron una gran dosis de sentido común, quizás disfrutaban de una inteligencia natural que les permitía evaluar el futuro de manera más certera que la mayoría, de manera acertada en el momento oportuno o simplemente sabían apoyarse en buenos colaboradores. La complejidad económica actual y la rapidez en los cambios y hábitos del entorno económico van dejando huecos cada vez más reducidos a las personas que confían su futuro empresarial exclusivamente a la intuición o a la improvisación empresarial, pero lo cierto es que casos como los citados han existido y existen. Los únicos requisitos que deben ser asumidos por toda persona con voluntad de ser empresario son: la disposición a asumir riesgos (incluso en las figuras de autoempleo aparece el riesgo o la incertidumbre como elemento destacado) y la esperanza de obtención de beneficios.

En segundo lugar, es imposible conocer cómo surgen las ideas en las mentes de los futuros empresarios, pero en función de los relatos de las personas que en su momento fueron candidatos a empresario, puede afirmarse que la casuística es extensa y variada, tanto en los enfoque generales como en sus matices. Los casos más comunes, de evoluciones además muy dispares, son los supuestos de experiencias ajenas exitosas que se han procurado repetir o mejorar, experiencias profesionales propias de las que se ha pretendido obtener un prestigio o provecho personal, descubrimientos técnicos, desarrollos de nuevos productos, informaciones puntuales o privilegios e incluso supuestos de necesidad que obligan a agudizar el ingenio de manera especial.

Por ello, no parece oportuno ni posible establecer los requisitos básicos que una idea debe cumplir. Los factores externos e internos que de manera continuadamente cambiante actúan sobre las numerosas células de la vida empresarial y los diferentes pesos específicos que cada variable tiene en cada diferente tipo de actividad empresarial no lo permiten. Adicionalmente, en ocasiones surgen ideas que no tienen un potencial teórico pero que son asumidas por personas de gran capacidad y surgen ideas con gran potencial teórico pero que resultan inútiles si no hay quien pueda transformarlas en productos comercializables. En base a lo hasta ahora expuesto puede afirmarse que ninguna persona debe ser previamente excluida como futuro empresario y que toda idea debe ser tomada en consideración por peregrina que pueda parecer, en una fase inicial. Un análisis posterior de mayor profundidad quizás permita al interesado determinar si su binomio particular (cualidades personales – idea básica) ofrece posibilidades, pero en esta fase esencialmente creativa no es posible el asesoramiento. Es cada persona, con su propia experiencia, aptitudes e información, quien en diálogo consigo mismo genera el nacimiento de una idea básica, embrión de una futura actividad empresarial.

Fuente: 10 pasos para crear una empresa

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